lunes, 28 de febrero de 2011

Cosas perdidas

UNO, EL PREMIO
A los dieciocho años salí por primera vez en televisión. Era el Canal 5 de Lima, Perú. Hice comentarios políticos en tono irritante de sabelotodo. Vestía un traje y una corbata que me prestó mi abuelo. El dueño del canal me felicitó y me contrató. Meses después, me nominaron en la categoría “Revelación de la Televisión Peruana, 1984” de ciertos premios ya desaparecidos. Me invitaron a la ceremonia. Me conminaron a asistir en frac (o “en corbata michi”, como decíamos entonces). No tenía frac ni corbata michi ni ganas de vestirme así. No fui a la ceremonia. Pude verla por televisión. Gané el premio. Un legendario locutor, la voz emblemática del canal, lo recibió en mi nombre y dijo unas palabras amables. Días más tarde, tuvo la generosidad de entregarme el premio de un modo discreto. Con cariño, me amonestó por no haber asistido a la ceremonia. Una vez en mi departamento de la calle Basadre, puse el premio (una réplica gris, chapucera, de las estatuillas doradas que conceden en los Oscar) en algún estante de la sala. El premio tuvo corta vida. En ese departamento no cultivaba el hábito de quererme siquiera un poco. Una noche, intoxicado, pronuncié un discurso imaginario y luego arrojé el premio a la multitud. Como no había nadie abajo, escuché el impacto de la estatuilla metálica en la acera, rompiéndose en pedazos. 

DOS, EL AUTO
Gracias a un préstamo del tío Francis, notable pintor aficionado y amante de los pañuelos de seda, compré un Fiat modelo Brava, color gris, asientos de cuero, caja mecánica, cinco cambios. Corría como una liebre asustada. Apretaba el acelerador y era como un avión. Con mis amigos Carlos Gómez y Carlos Montoya, hacíamos carreras de autos desde La Planicie hasta el campus de La Católica en el culo del mundo. Nunca chocamos, pero a punto estuvimos. Eran los años locos, autodestructivos, los años insomnes de caminar por las paredes. Nunca llevé el Fiat a un taller. Olvidé que debía hacer tal cosa. Como era previsible, de tanto hacerlo correr, el Fiat se fatigó. Ocurrió en un viaje a unas playas desiertas de Paracas con Carlitos Gómez. De pronto, el auto empezó a arder en llamas en medio del desierto. Carlitos y yo estábamos de ánimo risueño, de modo que el espectáculo, lejos de asustarnos, nos pareció bello, fascinante, sobrecogedor, y nada hicimos para apagar el incendio. Nos alejamos por temor a que estallara, nos sentamos en el desierto y vimos cómo el Fiat Brava se cansó de rugir y decidió suicidarse. Allí se quedó. Allí lo dejé abandonado. Me pregunto si habrá todavía algunos fierros chamuscados sobre la arena díscola de Paracas.

TRES, LA PISTOLA
Cuando cumplí diecinueve años, mi padre me llamó por teléfono (ya entonces lo veía muy rara vez) y me dijo que tenía un regalo para mí. Para mi padre, las pistolas (en general, las armas de fuego) y los relojes Rolex eran pequeños tesoros que le brindaban incalculable felicidad. Los coleccionaba con un sentimiento parecido al amor. Por eso cuando me regaló una pistola italiana marca Beretta sentí que el obsequio me llegaba cargado de afecto y de un tácito reconocimiento a mi hombría. Yo sabía disparar, había disparado con mi padre desde niño, había matado animales con él. Me entregó la pistola y las municiones y me dio los consejos previsibles. Una noche, intoxicado, me detuve en el túnel de La Herradura y vacié la recámara de seis proyectiles calibre 22 en medio de un fragor multiplicado en ecos infinitos. Sabe Dios dónde terminaron aquellas balas perdidas. Sabe Dios que terminé vendiendo esa pistola a un reportero barbudo de la televisión. Nunca debí vender la pistola que me dio mi padre. Nunca. Es uno de esos errores que no se olvidan. A poco de morir, mi padre regaló sus pistolas más preciadas a algunos de sus hijos. No me incluyó. No merecía una pistola más. Señor reportero, si vive aún y lee estas líneas, le compro la pistola, fije usted el precio que le parezca justo.

CUATRO, LA CASACA
En aquellos años alucinados estaba de moda usar esas casacas. Yo no tengo la culpa de esa moda, todos o casi todos las usábamos. Les decíamos Members Only y eran unas casacas que entonces parecían elegantes y ahora parecerían horrendas. Yo tenía una colección de Members Only. Como pasaba todos los meses por Miami, compraba casacas para mí y para mis amigos. El azul y el negro eran mis colores favoritos; el guinda podía pasar; el blanco estaba claramente prohibido, nunca tuve una Members Only blanca, doy fe de ello. Una mañana fui al quiosco de siempre a comprar el periódico y el señor que me vendía los diarios estaba llorando. Me contó que la noche anterior había caído al mar un avión con el equipo de Alianza Lima. No había sobrevivientes. El hombre lloraba con aplomo, como lloran los nobles o los valientes: escondiendo el llanto, llorando para sí mismo. Era imposible no advertir que una tristeza profunda lo desgarraba. Me quité la casaca negra Members Only y se la regalé. Nunca más volví a ver al centrodelantero de Alianza Lima que estudió en mi clase del Markham.

CINCO, EL RELOJ
Es una de esas pocas noches en televisión que perduran en mi memoria. Estaba conversando con Sabina, que hace de la conversación un arte y tiene un don musical con las palabras y posee la sabiduría afilada del que ya está de vuelta de todo. Fuimos a comerciales. Noté que su reloj era llamativamente elegante. Se lo dije. No debí. Sabina no lo dudó: se sacó el reloj y me lo regaló. Intenté devolvérselo, pero ya era tarde. Años después, salí de una función de medianoche en algún cine de Buenos Aires, pasó zumbando una moto como de repartidor de pizzas, se detuvo a mi lado, un muchacho me arrancó el reloj y se llevó como un pirata el botín que otro pirata me había legado. Desde entonces no sé qué hora es. 

SEIS, EL CRUCIFIJO
Una vidente argentina de la calle Ocho de Miami vino a mi programa y, tras la entrevista y las profecías que con toda probabilidad no habrían de cumplirse, me regaló un bello crucifijo de plata con incrustaciones azuladas. Me dijo: Llévalo siempre contigo, te protegerá de la maldad de todos los que te envidian. Me dije: Bien, lo llevaré conmigo incluso a las reuniones familiares. Y eso hice. Y eso hago. Sólo que de tanto meterlo y sacarlo de los bolsillos, y de tanto besarlo y pedirle favores e intercesiones, un día se me perdió el Cristo crucificado, se desprendió de la cruz, se bajó de la cruz, se cansó de estar tantos días clavado en esa postura agonizante y se fue a algún lugar incierto pero con seguridad mejor que mis bolsillos. De momento me queda la cruz azulada, pero Cristo se ha bajado. Espero que la cruz me proteja, en efecto, de la maldad. Dicho de otro modo: espero que me proteja de mí mismo. No soy optimista. La deserción de Cristo parece una señal inquietante.

SIETE, LA CORBATA
Hace poco, en vísperas de un cumpleaños, mi hermano Andrés vino a verme a la casa después de cumplir sus obligaciones en el banco. Con esa notable combinación de inteligencia y buen humor que lo hacen tan encantador, Andrés me regaló dos corbatas: una de color naranja que él, previsor, había comprado en Londres, y otra de color morado que mi madre le pidió que comprase para mí. Al despedirnos, noté que la corbata que vestía Andrés era particularmente estimable. Le dije en tono de broma: te cambio las dos que me has regalado por la que tienes puesta. Para mi sorpresa, Andrés me dijo: esta corbata se la regalaste a papi y él me la regaló a mí. No recordaba (no recuerdo) la circunstancia en que le regalé esa corbata a mi padre. Pero, por lo visto, él se la obsequió a Andrés antes de morir. Fue una decisión sabia: sin duda, la corbata se ve mejor en el pecho noble de Andrés que en el mío desalmado. Pensé: tal vez si no le hubiera vendido la pistola al reportero barbudo, mi padre me hubiera dado esa corbata que yo le regalé. Andrés querido: cuando quieras, te compro la corbata. En ella puedo ver la pistola que no debí vender, el auto en llamas, el premio hecho pedazos, la sonrisa de mi padre tres días antes de morir.

lunes, 21 de febrero de 2011

Luna llena

UNO, FARRAH 
La primera mujer que amé fue Farrah Fawcett. Me enamoré de ella viéndola en un televisor en blanco y negro en “Los Ángeles de Charlie”. Le susurré promesas de amor en el baño de la casa de Los Cóndores, al tiempo que contemplaba sus fotos en trance afiebrado. Era un adolescente esmirriado y ella era todo para mí. Debo el descubrimiento de ciertos placeres inconfesables a su belleza. Muchos años más tarde, la encontré aturdida y balbuceante en el programa de Letterman. Era el espectro de la mujer que había amado. No pude seguir viéndola, era demasiado doloroso. Cuando murió, hace un par de años, una parte de mí murió con ella. Fue mi primer amor y, como dicen, el primer amor nunca se olvida.

DOS, ANÓNIMA
No la amé, no pude amarla, no fui capaz de amarla. Los buenos amigos del periódico me llevaron a un burdel, la escogieron para que me iniciara, ella me trató con una cierta (comprensible) impaciencia, no estuve a la altura de las circunstancias, fracasé miserablemente (lo que era previsible, dado el miedo escénico que se apoderó de mí). Le pagué y le pedí que no se lo dijera a nadie. Luego salí y me jacté de unos placeres que no había conocido. Aquel fracaso dejó una herida abierta. Todavía duele.

TRES, ADRIANA 
La conocí en la universidad. Era pálida y ausente. Era refinada y elegante. Leía y sabía de música. Era bella como una esfinge. Me educó en el arte de besar sin premura. No me dejó tocarla donde yo quería. Supo preservar su honor. Era una dama, una doncella. Nuestro lugar preferido para amarnos era el cuarto de música, tumbados lánguidamente sobre la alfombra. Amarnos era besarnos, sólo besarnos. Pero eso bastaba para sentirme un hombre. No tuve tiempo de decirle que vivirá siempre en mi corazón. Nunca es tarde.

CUATRO, DANIELA
Ya no quiere verme. Ya no me ama. Tal vez me odia o me desprecia o, simplemente, me ha olvidado. Pero hubo un tiempo en que nos amamos, de eso estoy seguro. Al menos yo la amé como no había amado a una mujer. Era una mujer y más que una mujer: era mi madre protectora, mi hermana pecaminosa, mi amante intrépida, mi cómplice en cuantas fechorías le propuse. Nunca la olvidaré. Cuando ella sonreía y acariciaba, una luz bienhechora me protegía. Le encantaba bailar. Le encantaba viajar. Le encantaba sentir mis manos en su pelo ensortijado. Le encantaba reírse conmigo. Le encantaba escapar a playas del Caribe. Fueron años leves y felices. Pasamos varios sustos de embarazos que no fueron. Luego ella fue a perderse por el mundo y yo la perseguía siempre y aun ahora la persigo en el laberinto de mi memoria. La recuerdo tan bella y espléndida que tal vez sería mejor no vernos más.

CINCO, MILAGROS
Era la hermana de un amigo que era adicto a la cocaína y ahora lo es a una religión. Era demasiado apetecible para no sucumbir a la tentación de acariciarla. Todo con ella fue clandestino, furtivo, prohibido. Nadie supo nada de lo nuestro, nadie habló nada de lo nuestro. Pero esas noches en que me metía a su cuarto cuando todos dormían y ella me esperaba despierta, esas noches no se olvidan.

SEIS, LA DOCTORA
Se sentó a mi lado en un vuelo transatlántico. Era joven, guapa, altiva, y en sus ojos brillaba una ambición tranquila. Me dijo que era doctora y que vivía en una ciudad lluviosa, Portland. Sólo hablaba en inglés. Procuré ser un caballero, lo que siempre me ha resultado arduo. Me dijo que tomaría el primer tren apenas bajásemos del avión. Por las dudas (caballerosamente), le dejé un papel con el nombre del hotel en que me hospedaría. Le sugerí que me llamase si surgía algún contratiempo. Horas más tarde me hallaba durmiendo en la suite del Wellington, el hotel de los toreros, cuando me despertó el teléfono. Era ella. Había perdido el tren. No tenía dónde descansar. Naturalmente, la invité a dormir en mi habitación. Cuando llegó, le prometí que cada uno dormiría en su cama y que yo no traspasaría esa frontera moral que separaba las camas. Por supuesto, no fui capaz de cumplir la promesa. Nadie durmió. Después del desayuno, se fue a la estación del tren. 

SIETE, GINA
La conocí en una fiesta y me deslumbró. Era guapa y era lista y era ocurrente y cuando reía iluminaba la noche en Madrid. Había leído más libros que yo, había visto más películas que yo, sabía del amor mucho más que yo. Era una mujer melancólica y, sin embargo, valiente. Era una madre tierna y entregada. Era una hija que adoraba a sus padres. Era una escritora genial. Pero era, sobre todo, una lectora voraz y una cinéfila perdida y una amante de las conversaciones infinitas. La amé tan pronto la conocí y seguiré amándola hasta el final de los tiempos. Y ese amor se multiplicó cuando leí hechizado su primera novela. Entonces comprendí que esa mujer era un personaje literario y que todas las palabras que había leído se habían adherido a ella y la habían dotado de una insólita textura literaria que la hacía, a un tiempo, memorable e inmortal.

OCHO, SANDRA
No hay palabras para describir todo lo que la amé y sigo amándola en silencio y a la distancia. Todo el dinero del mundo sería insuficiente para pagarle la incalculable felicidad que me dio. Ella creyó en mí cuando nadie creía en mí. Ella me educó en el peligroso oficio de la paternidad. Ella me enseñó el abismo de la pasión. Un día se cansó de mis promesas, se bajó del barco y me dejó a la deriva. Cada día sin verla será un día incompleto o el recuerdo de una herida que nunca sanará. 

NUEVE, SILVIA
Ahora duerme mientras escribo estas líneas. Duerme aquí a mi lado. Y es aquí a mi lado donde quiero que ella duerma hasta que sea el momento de partir. Espero que ese momento no llegue pronto. Gracias a ella, todavía respiro y me quedo pasmado mirando la luna desde la tumbona de su balcón. No te alejes, por favor. Si me dejas, será la hora del eclipse. Por el momento, hay luna llena. Eres tú.

lunes, 14 de febrero de 2011

Casas

UNO, PEZET
Cuando nací me llevaron a un departamento de San Isidro con vistas al campo de golf. Allí viví hasta los siete años. Allí aprendí a montar en bicicleta. Allí escuché a mi padre pelear con los vecinos que organizaban fiestas ruidosas y lanzar tiros al aire para acallarlos. Allí escuché el disparo que se le escapó a mi padre cuando limpiaba sus pistolas, una bala perdida que por suerte sólo rompió el espejo frente al cual se maquillaba mi madre. 

DOS, LOS CÓNDORES
Con dos hermanas mayores y un hermano recién nacido, nos mudamos a la casa de Los Cóndores, una casona a una hora por carretera desde Lima. Era tan grande que no teníamos vecinos y no podíamos ver dónde terminaban los jardines. Es la casa donde más feliz he sido y donde más infeliz he sido. Era feliz cuando jugaba fútbol con mi hermano; era infeliz cuando mi padre me obligaba a recoger las cacas de los perros. Allí aprendí a disparar con mi padre. Teníamos buena puntería. Mi padre tenía un arsenal de armas de fuego en la casa. Una noche entraron a robar y se llevaron toda la platería y nadie despertó, nadie sintió el zumbido de una mosca. Cuando fui a desayunar, advertí que faltaban cosas. Mi padre se pasó semanas buscando a los ladrones en los barrios pobres abajo del cerro, pero creo que nunca los encontró. De esa casa me escapé tres veces cuando tenía trece años. La tercera vez que me fugué, mi madre comprendió que no podía seguir viviendo con ellos y me mandó a vivir con sus padres, don Roberto y doña Josefina, que en paz descansen.

TRES, LAS BEGONIAS
En casa de mis abuelos maternos tenía cuarto propio, televisor, permiso para fumar con mi abuelo, pero no tenía edad suficiente para sacar una licencia de conducir y por eso mis abuelos no me dejaban usar sus autos. Yo había aprendido a manejar furtivamente con mi abuelo. Ciertas noches esperaba a que se durmieran, sacaba las llaves del auto, ponía la palanca de cambios en neutro, lo empujaba una cuadra alejándome de la casa y recién entonces lo encendía (para no despertar a los abuelos) y salía a pasear a ninguna parte. Manejando los autos de mis abuelos me sentí un hombre. 

CUATRO, SALAVERRY
Mis abuelos se mudaron a una casa en la avenida Salaverry. Me dieron el segundo piso, que tenía un cuarto y un baño con vista a la calle. Ya estaba en la universidad. Ya salía en la televisión. Ya me sentía famoso. Gracias a un préstamo generoso del tío Francis pude comprarme un Fiat. Mi abuelo y yo éramos amigos. Mi abuelo leía los diarios con lupa y me contaba sus años de esplendor como hacendado hasta que un dictador militar le robó sus tierras. Fumábamos juntos. En las mañanas salíamos a caminar: mi abuelo despertaba y tenía que salir a caminar, no podía quedarse en la casa. Caminábamos hasta que nos cansábamos y luego nos sentábamos a tomar un café y a mi abuelo se le iban los ojos cada vez que pasaba una señora o una señorita medianamente atractiva.

CINCO, HOTELES
Me fui de casa de mis abuelos cuando tenía veinte años. Dos cosas trastornaron mi vida: me echaron de la televisión peruana y me contrataron en la televisión de un país caribeño. Todos los meses viajaba una semana o dos a Miami y Santo Domingo. Grababa los programas, me pagaban bien y al volver a Lima tenía muchos dólares y más amigos. Por eso me mudé a un buen hotel en Miraflores. Durante cinco años viví en ese hotel. Fueron los años de la marihuana y la cocaína, de los partidos de fútbol y la cervezas con los amigos, de mi primera novia, los años principescos y holgazanes en los que trabajaba medio mes y el otro me drogaba y me acomodaba en una esquina del Nirvana a ver bailar a la gente. Yo no bailaba. Nunca me ha gustado bailar. Lo que me gusta es ver cómo otros bailan.

SEIS, MADRID
Me alejé del Perú jurando que no volvería cuando tenía veinticinco años. Me fui a Madrid y me senté a escribir una novela. Vivía en un departamento en la avenida del Mediterráneo, cerca del Retiro. Supe que estaba en mi destino ser un escritor. Luego me esperaban otras casas y otras camas, pero había encontrado por fin el camino. Mi padre y yo intercambiamos varias cartas. Curiosamente, estaban escritas en inglés. Mi padre me sugería volver a Lima. Yo me negaba, decía que si quería ser escritor tenía que alejarme del Perú. En una fiesta en un piso en la calle Menéndez y Pelayo conocí a una mujer de la que me enamoré. Pudimos haber tenido un hijo. Ella prefirió evitarlo. Ahora lo lamento de veras. Hubiera sido divertido tener un hijo que me hablase como español.

SIETE, BARRANCO
Contrariando mis planes, el destino me llevó de vuelta a Lima. Me refugié en un departamento en la plazuela San Francisco de Barranco. Odiaba al vendedor de balones de gas que me despertaba temprano por las mañanas anunciándose a gritos. Odiaba a los que se casaban todos los fines de semana en la iglesia de la plazuela. Odiaba al vecino que escuchaba música bulliciosa. Un domingo por la noche estaba viendo Los Simpson y salió el japonés anunciando el golpe. Al día siguiente renuncié a la televisión y tomé un vuelo a Miami.

OCHO, GEORGETOWN
Huyendo del golpista y del huracán que asoló Miami, llegué manejando un camión a Washington. Durante un año viví en un apartamento muy viejo al que le crujían los pisos y en el que escuchaba cómo los vecinos hacían el amor. Luego me mudé a un apartamento menos viejo que tenía una claraboya y una chimenea y una vista arbolada desde el segundo piso. No tenía auto. Era peatón. Iba a comprar la comida caminando con una mochila en la que traía de vuelta las cosas. Iba al cine los fines de semana en autobús. Aun cuando caía nieve, corría todas las mañanas. No trabajaba. Escribía. Vivía de mis ahorros. Soñaba con publicar la novela. Mis padres me pedían que no la publicase. Mi tío me escribió una carta manuscrita sugiriéndome que desistiera de publicarla. No les hice caso. Pensaba: si no han leído la novela, ¿por qué se oponen tan tenazmente a ella? Después de escribir todos los días, incluso los domingos, salía a caminar y me sentía bien. 

NUEVE, THE SANDS
Era como estar viviendo en un yate. Era como un edificio que flotaba sobre el mar. Podía escuchar cómo las olas lamían suavemente la arena. Podía ver los cruceros los domingos al atardecer. Podía escuchar las risas de los bañistas, las motos acuáticas, la lluvia y los vientos en las noches de tormenta. Fue un año marítimo. Me sentía como un pirata en un barco a la deriva. Me asomaba a los balcones y les tiraba pedazos de pan a las gaviotas y ellas los capturaban en el aire y luego venía el portero del edificio a decirme que estaba prohibido que hiciera tal cosa. Una mañana desperté y di un alarido al ver al cangrejo más grande que he visto nunca. No sé cómo se había metido a mi barco. Era realmente grande y parecía que quería comerme vivo. Lo espanté a escobazos. Lo empujé a la muerte desde el balcón del séptimo piso. Un pirata noble no hubiera matado a ese cangrejo vicioso.

DIEZ, HAMPTON LANE
Era una casa nueva, amarilla, de dos pisos. Me quedé seis años en ella. Puse papel platino en todos los cuartos del segundo piso para que no entrase la luz. Desde afuera se veía raro. La policía se alarmó y vino a inspeccionar, no encontró nada extraño, a no ser por mí. Escribía en la mesa del comedor, mirando a la piscina. Una tarde estaba bañándome en la piscina y se apareció no sé de dónde una culebra delgada, negra, que se movía velozmente bajo el agua. Salí aterrado. No volví a entrar a la piscina. La culebra desapareció, nunca más la vi. 

ONCE, CARIBBEAN ROAD
Era una casa vieja, amarilla, de un piso. Me quedé allí varios años. Nadie limpiaba nada. Había muchas arañas y hormigas y cucarachas, y en los veranos se metían los mosquitos y a veces hasta las palomas cuando yo estaba en la piscina. No me fastidiaban la suciedad ni los insectos. Me sentía acompañado por las arañas y las cucarachas. No me sentía en modo alguno superior a ellas. Sabía que habían estado en el planeta mucho antes que yo, sabía que ellas seguirían estando después de mi existencia. Una tarde de domingo desperté y encontré a un simpático mapache, el más grande mapache que he visto en la isla, sentado al lado de la piscina. Le grité cosas para espantarlo. No se fue, no se movió, me miró con cierto desdén, por lo visto era un mapache confiado, arrogante. Le arrojé todos los libros que pude. Ninguno le cayó encima, todos pasaron silbando cerca de él, que seguía mirándome con displicencia, no con hostilidad ni con simpatía: la suya era una mirada de lástima y superioridad moral. No me atreví a acercarme al mapache y darle una patada. Lo sentí más valiente y más inteligente que yo, eso estaba claro en su mirada. Cuando me cansé de tirarle libros y gritarle insultos, me rendí y me fui a dormir. Me parecía exagerado llamar a la policía a reportar: Oficial, hay un mapache en mi casa. 

DOCE, FERNWOOD ROAD
Nunca he odiado tanto a un pájaro, nunca he deseado tanto matar a un ave cantarina, nunca le he disparado tantos perdigones a un mismo pájaro gárrulo sin acertarle. Se posaba en el cable de luz frente a mi casa y comenzaba a trinar y gorjear y hacer gorgoritos. No me dejaba dormir ni escribir. Era una pesadilla. Y era rápido y astuto, y apenas le disparaba el primer perdigón con la carabina, escapaba a un árbol frondoso en el que no podía distinguirlo. Me agachaba en el balcón, apoyaba la carabina y esperaba sigilosamente al pájaro cantor para acallarlo. Pero la carabina no tenía mira telescópica y mi pulso ya no era el de antes y cuando disparaba no le daba, jamás le daba. Uno de los dos tenía que irse. Como el pájaro no se fue ni dejó de cantar, me fui yo, dejando la carabina en la casa. Creo que era un ruiseñor.

TRECE, LA CASA VERDE
Es aquí donde quiero quedarme hasta el final. Esta es la estación final, la última casa, la última cama. Es aquí donde he venido a disfrutar del crepúsculo. Insólitamente, llevo un crucifijo conmigo, lo beso a menudo y le hablo a mi padre, que sé que me espera para darme un abrazo.

lunes, 7 de febrero de 2011

Hacer el amor

Se puede hacer el amor sin tener relaciones sexuales.

Y se puede tener relaciones sexuales sin hacer el amor.

Mi novia y yo hacemos el amor todos los días sin tener necesariamente relaciones sexuales.

Hacemos el amor cuando jugamos ajedrez y ella quiere que yo le coma la reina en un descuido suyo y yo quiero que ella me gane (pero haciéndola sufrir) y las partidas duran dos horas como mínimo.

Hacemos el amor cuando nos bañamos en la piscina a 97 grados F y ella hace sus ejercicios de estiramiento y yo recuerdo que ya son cuatro las feroces tormentas de nieve que se han ensañado con este país y nosotros estamos disfrutando de un día espléndido en una piscina apropiadamente temperada.

Hacemos el amor cuando me recuesto suavemente en su barriga y le hablo al bebé (siempre le hablo a una mujer, a Zoe) y el bebé tal vez reconoce ya mi voz, o no, y suele dar unas pataditas en el vientre de su madre y yo le digo a mi novia: está bailando, es como tú, le gusta bailar sola, va a ser una rockera perdida.

Hacemos el amor cuando vamos de madrugada al Seven Eleven a comprar uvas y jugos de mango y la versión impresa recién llegada del New York Times y luego vamos a CVS a comprar fresas y piña en rodajas y llegamos a la casa y nos damos un festín de frutas frescas y jugos de mango mientras yo le hablo de cosas políticas que a ella con seguridad no le interesan (pero ella me hace el amor fingiendo que le interesan).

Hacemos el amor cuando nos reímos con las diatribas y las injurias y las procacidades que lanzan contra ella los felones y los innobles y cuando sentimos que todo ese odio nos sirve curiosamente para afianzar nuestra amistad y querernos más.

Hacemos el amor cuando ella no me habla de mi programa de televisión y yo tampoco (pero ambos sentimos que es aquí donde queremos estar).

Hacemos el amor cuando vemos películas en casa (ya nunca vamos al cine) y ella se queda dormida a los quince minutos.

Hacemos el amor cuando ella me cuenta riéndose las cosas que yo hablo o que grito cuando estoy dormido, cosas que ella registra en su memoria de Funes el memorioso y a las que intenta dar un sentido o una coherencia racional como si estuviera armando un rompecabezas infinito.

Hacemos el amor cuando yo le echo en la cara, muy delicadamente, la crema que ella prefiere, y ella me echa en la cara, más delicadamente aun, la crema que yo compro (porque es la más económica).

Hacemos el amor cuando ella me pide que le haga masajes en las manos y yo siento que estoy dándole una forma de placer muy superior a la que en el mejor de los casos puedo procurarle cuando nos enredamos en alguna escaramuza o refriega erótica.

Hacemos el amor cuando ella lee y corrige con buen tino lo que yo escribo y cuando yo leo y corrijo lo que ella escribe con pasión.

Hacemos el amor cuando yo le cuento los pocos sueños que me van quedando (quedarme cuatro años en Miami hasta cumplir los cincuenta, hacer televisión hasta entonces, luego si estoy vivo retirarme de la televisión, pero sobre todo ver crecer a la pequeña Zoe) y cuando ella comparte sus sueños conmigo (divertirnos con Zoe, maravillarnos con sus probables extravagancias, que sus novelas se publiquen no sólo en el Perú).

Hacemos el amor cuando vamos todas las tardes a las tres en punto a comer el mismo plato y a beber la misma bebida: pescado con tomate, limonada natural con mucho hielo, nada de tocar el pan y la mantequilla.

Hacemos el amor cuando ella me hace escuchar alguna canción que yo no conocía (por ejemplo, Anyone but you, pero no en la versión que cantan juntos Ellen Page y Michael Cera al final de Juno, sino la que cantan los Moldy Peaches, superando largamente la versión de los actores) y cuando yo le digo que Zoe será cantante o loca bailarina o tan musical como su madre.

Hacemos el amor cuando nos echamos en las tumbonas del balcón a ver las estrellas y yo le cuento qué es una supernova y ella se queda dormida mientras yo hablo de cómo colapsa una supernova, cómo se desintegra y cómo viene a caer sobre nosotros y ya ella está profundamente dormida cuando yo le digo, siempre mirando a las estrellas, que siendo el universo infinito es probable que existan más planetas, más universos, múltiples universos infinitos.

En todas esas ocasiones, mi novia y yo hacemos el amor sin tener relaciones sexuales.

De vez en cuando, si tengo suerte, hacemos el amor teniendo relaciones sexuales, pero esto es algo que depende completamente de ella y es más esporádico.